jueves 8 de octubre de 2009

Lord Earnest, entre el amor y el láudano

"...de modo que lo mejor es que no nos volvamos a encontrar. Usted y yo no somos el uno para el otro, y bien lo sabe que por más que lo intentemos deberemos, a partir de hoy, estar separados"

Así terminaba la misiva que lord Earnest escribió para su prometida Emily. Dobló el papel con pulcritud y luego metió el susodicho en un sobre color marfil, de la más fina hechura.
Llamó a su mayordomo tocando la campanilla, que resonó demasiado fuerte en el silencio de aquella mañana de mayo. El frío azul creaba volutas en las ventanas, que no eran ni la mitad de heladas que la mirada de Earnest.

James llegó con su bandeja de plata, hizo una reverencia a su joven amo y se fue con el sobre.
Esa tarde sería una más de aburrimiento para Earnest, vendría su tía de visita, una vieja arrugada nacida en los finales de la época regencia, cuyo carácter y voluntad eran tan molestos que parecía que ni la tumba se la tragaba. Al menos había comenzado con algo productivo escribiendo aquella carta. Al pensar en Emily, no pudo reprimir una leve sonrisa de crueldad.

A la hora del té salió para su club. En el camino recordó la visita de la vieja tía pero ya era tarde. Al entrar fue el centro de todas las miradas, era tan joven, y tan serio a la vez, atemporal. Los otros miembros le tenían miedo. Cada vez que jugaba a apostar, tenía la suerte del diablo. Pero esta vez los vio distraídos con un nuevo miembro. Era joven también, pero vivaz y conversador. Los grises sujetos a los cuales Earnest estaba acostumbrado lo rodeaban como acampantes a una lumbre en una noche invernal. Qué aburridos eran, y este muchacho colorido intentaba atraer su atención... Earnest se fue a un rincón, y se quedó observando gravemente hasta bien caída la tarde.

Por la noche volvió a su casa pero no se acostó, no podía dormir mientras pensaba en Emily y en el compromiso roto, esperaba ansioso alguna respuesta de parte de ella, pero aún no había arribado ninguna.
Angustiado, se volvió a vestir y dejó la cama. El insomnio marcaba profundas ojeras en su pálida piel, le rizaba el cabello oscuro como si fuesen cuernos demoníacos. Envuelto en la amplia capa negra, como un vampiro cruel se zambulló en la noche turbia londinense.

En las calles las rameras le hacían ofrecimientos, los vagabundos pedían monedas e intentaban tentarlo con sus flores marchitas en las esquinas. Earnest los ignoraba, sólo había en el mundo una ramera, una vagabunda, una flor marchita capaz de captar su interés.
Se metió en el antro del fumadero de opio. Caras blancas en una oscuridad como una noche sin estrellas, caras de difuntos ensoñando imágenes prohibidas que evocaban póstumos, los monstruos del abismo. Oscuro futuro...
Siniestro y frío, caminaba entre ellos en busca de un rostro en especial. De vez en cuando se detenía y daba vuelta una figura, casi con ternura apartaba unos cabellos, pero no, ella no estaba ahí.
Furioso dejó la nube tóxica de la casa de opio y fue a perderse entre las tumbas del cementerio de Londres, cercano en hedor aunque sus muertos ya nada ensoñaran. La vio de blanco sobre los escalones de una cripta, inconsciente. En la mano brillaba rota una botella de vidrio oscuro cuyos vapores eran del inconfundible láudano. Ah, el negro beso del láudano, sobre los labios de ella! Tan blanca, tan pura en su vestido que parecía el camisón de un ángel.

Earnest la levantó suavemente y entró con ella al altar de la cripta. Estaban solos, con los mármoles de los ángeles y la corrupción de sus durmientes dueños.
Él la depositó sobre la losa con ternura y con su capa la cubrió, y sin saber si estaba muerta o aún vivía, besó sus blancos labios.
Emily resucitó al sentir los rojos labios de Earnest sobre los suyos, que la saboreaban cálidos con el palpitar de la sangre. Nada dijeron, sus cuerpos se fundieron como las sombras.

_Jamás vuelvas a decir que estamos separados._dijo ella al oído de él, mientras le besaba el cuello y sus piernas rodeaban la cintura de su amante.
_No puedo competir con los otros._suspiró el y sentía en su propio aliento el efecto del láudano que fluía en la saliva de Emily.
Ella estaba debilitada, y con modales tiernos él la llevó a su casa, le hizo té pues los sirvientes dormían, y cuando ella se repuso le hizo el amor más apasionadamente que antes. Emily llevaba la carta terrible en el corpiño. Estaba ilegible por las lágrimas, o quizá eran gotas de láudano. Earnest se la quitó sin que ella ofreciera la menor resistencia, y, haciendo un bollo con el papel, se lo metió en la boca y se lo tragó.

Sólo entonces, con ella en sus brazos, fue que pudo conciliar el sueño.

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